El palacio de los espejos

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 Alguna vez existió una diosa vanidosa; ella vivía en un palacio, casi vacío, hecho de espejos, pues su soberbia le hacía permanecer encerrada mirándose todo el tiempo. Alguna vez existió un muchacho que encontró aquel palacio y decidió entrar por mera curiosidad. Paseó por los pasillos que le desorientaban a cada paso y vio la diosa tan bella que lo deslumbró.

Mantuvo escondido unos días, observando a aquella criatura que no hacía mucho, todos los días mantenía la misma rutina, las semanas iban pasando y el muchacho cada vez detallaba más su mapa mental; la rutina de la diosa le permitía vivir cómodamente en el palacio sin encontrarse con ella para no incomodarla, aunque claro, también le permitía tener esos pequeños momentos de admiración hacia ella, aquellos pequeños instantes en donde solo la miraba desde lejos, recostando su cabeza en algún espejo cercano y suspirando de amor.

El muchacho no era pasivo en lo absoluto, por lo que al cumplirse un mes de su llegada decidió hacerle frente a la diosa solitaria, se armó de valor y salió de su escondite mientras aquel ser se miraba al espejo con adoración, declarando su permanencia y proclamando su adoración a la dama frente a él se encontró con una helada mirada que le estremecía; quizá la diosa no le quisiera en aquel momento, pero lograría que le quisiera, aquel fue su objetivo. El muchacho decidido a quedarse en aquel palacio, pasó los primeros días después de su exteriorización ocultándose de la mujer que lo estaba buscando con rabia; pasados algunos días más empezó a salir, encontrándose accidentalmente con ella en algunas ocasiones, cada día que pasaba los encuentros eran más frecuentes y los regalos hicieron aparición, pasado algo más de un año no podía faltar alguna flor silvestre nueva, en un jarrón que se encontraba como centro de mesa; puesto que el muchacho se levantaba cada mañana a buscar una nueva flor y se la entregaba a la diosa como acto de amor.

Pasaron los años y el muchacho se convirtió en cenizas dentro del palacio, el jarrón que había estado lleno de flores algún día estaba vacío y la diosa que se había acostumbrado a su compañía decidió hacer un muñeco parecido a él. El muñeco frente a ella era igual al chico, pero, la diosa no estaba satisfecha con el resultado; la marioneta era igual en apariencia, pero le faltaba la sonrisa brillante de su amor perdido, la suavidad en sus palabras, la calidez de sus manos. Le faltaba algo que no entendía, así que, mandó al muñeco afuera del palacio con el objetivo de buscar lo que le hacía falta a su creación.

Le mando con solo una capa para que sobrevolara los mares y montañas y llegará a todo el mundo, poco paso antes de encontrar a una pareja de mayor edad paseando, preguntándoles sobre su vida, comentó a la diosa la gran historia de estos viejos. 

Al parecer este par de ancianos se habían casado muy jóvenes obligados por sus padres, al paso del tiempo llegaron a amarse, pero no por eso las peleas faltaron, no eran el uno para el otro, aun así hacían lo posible para encajar. Su amor, aunque muy contra de lo esperado, había florecido y ellos no dejarían marchitar algo que les tomó tanto esfuerzo cultivar.

Conmovida, la diosa pidió a su marioneta que encontrará más y más historias, por lo que, respetuosamente el muñeco se despidió y vagó un poco más.

Por el camino se topó con una niña llena de helado, le pareció una buena idea preguntarle a ella sobre su vida. “Es divertido ir al colegio y jugar con mis amigos, también me divierte estar en la casa y jugar con mis padres o con mi perrito” empezó la pequeña, pasó de eso a sus gustos, no solo en comida sino en juegos y hasta en gente “Me gustan las personas amables que me dan dulces y las personas alegres porque siempre que ríen yo me río” al final de la gran conversación que le había dado la niña, conversación a la cual se habían unido los padres a la mitad, ella concluyó con “Me gusta mi vida porque es divertida y feliz, porque me rodean todos los que me gustan y porque puedo comer todos los dulces que quiera, siempre”. Con ese final la niña había logrado que sus padres la regañaran en broma, así que con una gran sonrisa y sus progenitores diciéndole que no se acostumbrara tanto a los dulces, levantó una mano y despidió al extraño.

Así continuó por un gran tiempo, contando a su creadora cada historia que encontraba vagando por el mundo.

La diosa por su parte empezó anotando cada punto esencial de las historias, sin embargo, con el tiempo olvidó su libreta en algún rincón del gran palacio y comenzó a ansiar las historias de su viajero, sentía el tiempo eterno entre una y otra historia; dejó de mirar a los espejos y deseo salir a buscar historias por sí misma, solo concentrándose en esos relatos. Llamó a su viajero y le comentó su anhelo, el muñeco que con la presencia humana había empezado a ser más que una marioneta, le dio una fácil solución a la diosa.

-Debe salir de su palacio, ama. Salga y vea el mundo por sí misma, escuche las historias y viva esas emociones que provocan.

En cuanto escuchó la solución, la diosa reunió todo su poder para destruir su palacio. Cada espejo que conformaba ese santuario se rompió en miles de piezas, pequeñas piezas que llenaron su cuerpo de llagas, profundas o superficiales. Con vidrios clavados la diosa descendió hasta el suelo, miró al sol que hacía tiempo ignoraba, feliz de volver a sentir el aire fresco del bosque, sus pies rozaron la tierra seca bajo ellos; tomó un tiempo para admirar lo que se había perdido en todos esos años de aislamiento, mientras esto, el muñeco a su lado comenzó a curarla, después, con vendas blancas y rojas dirigió su caminar al profundo bosque que tenía al frente, siguió caminando sin ningún destino en especial, solo queriendo disfrutar de lo que mencionan los humanos en sus bellas historias, lo llamado felicidad.


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