Remolino

Via_Liz 0 Comments

El frío de la medianoche se encontraba recorriendo los árboles, acariciaba cada hoja con delicadeza maternal dejándolas bailar al son, al susurro del viento. El pasto, por su parte, estaba quieto, estático en su lugar, dando apariencia de una atmósfera tranquila.

Al horizonte no se veía más que el manto de la noche, oscuridad combatida por la pobre visión nocturna de la humana. El frío añadía dolor a sus movimientos, y el miedo titubeaba su caminar. Cada paso se volvía cada vez más lento mientras avanzaba con prisa… cada paso más cerca del suelo.

Las manos buscaban desesperadas soporte en los árboles cercanos, apoyando en ellos esperanzas de un nuevo futuro. Asimismo, la respiración acelerada dañaba la estática atmósfera del bosque. La mirada pasaba con terror por sobre su hombro derecho, comprobando que nadie había advertido su ausencia, mientras sus manos buscaban apoyo en los troncos.

Una de sus manos reposó en un tronco que debía ser seguro para proseguir, empero el agarre fue resbaladizo debido a un líquido viscoso desconocido que bajaba por el tronco, un líquido que ahora rodeaba también la mano de la mujer.

Resonó el golpe sordo de la caída y las quejas posteriores de la mujer que se retorcía en el suelo, agarrando su mano derecha. Acurrucada, temblando del dolor, escuchó algo más en el bosque: un sonido que no provenía de ella… pasos que se aproximaban.

Cuando el dolor dejó de nublar su vista lo suficiente para que el frío tomara predominancia, ella enfocó su mirada, y en un vislumbre de luz de luna advirtió la sombra que la acompañaba. Una presencia que surgía con una risa tenebrosa, poderosa e imponente desde donde la observaba.

No logrando asimilar completamente la situación, el dolor volvió y la dejó completamente indispuesta. Su cabeza cayó inconsciente apenas unos centímetros sobre el suelo, reposando inocentemente en el tiempo por primera vez en mucho tiempo.

  
Lo siguiente en su campo de visión fue una pared gris desarreglada, sin decorar ni pintar; erguida únicamente en medio del bosque.

La mujer la usó como soporte para ponerse de pie, puesto que su instinto de supervivencia seguía encendido. Escuchando con atención su entorno, buscaba algo que explicara lo ocurrido.

Conectando donde había despertado, divisó un sendero de hojas y pasto aplastado, como arrollado. Además, su espalda ardía como si quemara.

De cualquier modo, fuese lo que fuese o quien la hubiera traído allí, seguía siendo de noche y estaba aún en el bosque. Nada indicaba qué tan lejos había llegado, por ende debía actuar sin preguntas inútiles que, como siempre, resultaban vacías.

A pesar del dolor en su muñeca y espalda, aún se podía mover, por lo tanto podía continuar. Y aunque un gran remordimiento comenzaba a carcomerla, tenía claro que debía luchar para sobrevivir y poder ver nuevamente la luz del sol.

Solo necesitaba decidir su próximo paso. Si bien todo había empezado por instinto, había aprendido que debía desprenderse de ese instinto, porque no permitía vivir en paz.

Se detuvo, todavía sosteniendo la mano contra la costilla derecha, que le dolía desde la semana anterior. Caminó alrededor de la pared, buscando una guía, una pista, lo que fuera. Deseaba encontrar instrucciones, símbolos o alguna indicación que la condujera. Algo que le ayudara a hallar fuerzas para seguir.

Buscaba… ¿si acaso debía pedir…–Ayuda —susurró sin ser consciente de que su boca pronunciaba sonido, dejando escapar un deseo inconsciente.

Estaba alterada desde antes, y el escenario insólito solo la aceleró más. La mano buena ya apoyada en la pared. No sabía cuántas vueltas había dado alrededor de ella; en algún momento su mente flotó en pensamientos, abandonando por completo la realidad circundante.

En su casa ese comportamiento se confundía con exageración, un deseo de llamar la atención… por ende no prestó atención a esas vueltas ni a la alerta roja que lanzaban sus nervios; si en algún momento debía detenerse, él intervendría.

Aunque él ya no debería poder intervenir… ¿verdad? Había hecho todo eso por una razón, seguramente porque de alguna forma… se sentía… bien.

A diferencia de su vida anterior, sentía casi a diario la mirada de un juez desde que era bebé; un juez que cambiaba de rostro y voz, mas jamás modificaba sus expectativas. Sus pensamientos solo debían contenerlo a él, pues él era siempre el primero y el único; esa era la única verdad que conocía. Acto seguido, incluso ahora, la rebeldía emergente le erizaba los pelos.

En seis años de matrimonio y casi los mismos años de compromiso, el pensamiento intrusivo de dejarse llevar no le había brindado nada más que dolor. Los relieves morados en su piel y las depresiones que la enrojecían, le recordaban día tras día que vivía para alguien más, que su deber radicaba en el servicio.

Mas aun así, en todo ese tiempo no pudo deshacerse del deseo de algo más. Un anhelo que, pese al latido que advertía detener esta estupidez, le hacía sentir… bien. Aunque muchos lo calificaran como un defecto familiar. Esa voz que la felicitaba por sobreponerse, aunque indicara dolor después.

Su mano siguió rozando la pared rasposa, sin hallar la fuerza para alejarse o sanar su palma ahora sangrante, marcada por los picos grises visibles solo en la oscuridad de la noche.

La palma comenzaba a dejar un rastro sobre el cemento; un camino que necesitaba, mas ¿cómo notarlo bajo el manto nocturno?

—Ayuda... —empezó a salir de su boca mecánicamente. Sus oídos ansiaban una risa cínica o gritos lacerantes, recuerdos de su cabeza golpeando contra una esquina mientras un llanto agudo completaba aquella melodía.

Mas no se oía nada… nada de eso, nada de lo que buscaba. Sin embargo, ella aún lo escuchaba. Lo oía como una canción que queda atrapada en la mente, una melodía que el cuerpo memoriza con repetición. Una melodía agria de gritos, golpes y súplicas.

Una melodía que no pertenecía solo a ella, sino que incluía… a él, o mejor dicho, a ellos. Y aunque ellos ya no estuviesen, el eco aún se filtraba por sus oídos, persiguiéndola. Quizás era el recordatorio constante del niño que había dejado atrás.

Reflejándose en ella aparecieron las sombras entre los troncos; incontables lágrimas se acumulaban en sus ojos, sin saber qué hacer.

En la duda que reinaba en su mente, nunca consideró eliminarla con lo que le pedía el corazón, al menos no lo que le dictaba su razón.

Un latido irrumpió tan fuerte en su pecho como un ataque; trataba de alertarla. Mas sus oídos prefirieron escuchar la suave risa cínica que, tras desmayarse, volvió con un tono que mezclaba júbilo y sufrimiento.

Cada vez el estruendo se acercaba más; un ruido sin lógica o propósito.

La pared adquiría una textura casi líquida: un lazo irregular, ancho, que crecía sin cesar mientras la mujer, sin dejar de avanzar, contribuía a su ensanchamiento.

Su andar ganó velocidad al divisar la sombra; ansiaba dejar atrás la ansiedad que inevitablemente volvía.

Las sombras, en contraste con la contraparte activa, daban un paso por cada vuelta que ella completaba; cada avance resonaba con múltiples pasos que se aproximaban lentamente. Caminaron hasta que ambas pudieron discernir rasgos generales de la otra.

La sombra entre los árboles finalmente atrapó su atención y reveló su pequeñez. Esto obligó a que la mujer hablara por rutina más que por verdadera preocupación:
—¿Dónde está tu mami? ¿Tienes miedo? ¿Quieres que te ayude?

Sabía lo que costaba hablar, mas no recordaba lo que decía. Aquellas frases eran fósiles, memorias mecánicas de una época en la que fingió cuidado.
—Yo no soy la que necesita ayuda —advirtió la voz seca, con tono infantil pese a lo grave de sus palabras.

Esa frase resonó en su mente una y otra vez, sin análisis consciente. Su mente giraba en círculos; los pensamientos habidos días atrás no fluían, sino que se estancaban en un remolino mental.

—Creo que tú estás peor que yo —resonó la voz, amortiguada por la pared que las separaba.

Empero, el eco no disminuyó; se sumó a los pensamientos que ya pesaban en su mente, clavándose en el remolino que crecía. Aumentó otro gramo más de culpa en su corazón maltratado.

La mujer continuó caminando sin detenerse, sin negar que esa sombra infantil estuviera en mejor condición que ella. Tampoco notó cómo esa voz grave se fundía con antiguos regaños, reclamos eternos y lágrimas incontables.

No pensó si acaso esa sombra estaba en mejor lugar, allí en las montañas, sin nadie que la auxiliara. Y menos aún ofreció la ayuda que de ella se esperaba.

Sin embargo, su boca emitió palabras ajenas a ella: —Estas… pálida —dijo, mientras la sombra se detenía cinco pasos adelante, tensa como el pasto inmóvil.

Se hallaban tan cerca como para conversar… mas no para intervenir.

—Como fallecida… —añadió, justo antes de que un ruido distintivo, antes calificado de risa, pareciera llorar. No se supo si era júbilo o grito.

Cuando las sombras quedaron quietas, emergieron las siguientes palabras de una voz rasposa: —¿A quién pretendes hablar? ¿Acaso conoces que hay más presencias aquí?

El comentario pasó inadvertido, opacado por la pesadez de sus pasos. A partir de entonces, las palabras sobraron entre los dos seres móviles de aquel lugar.

El miedo, lejos de disiparse, se enredaba nuevamente entre la pared y los cuerpos humanoides. El silencio, siempre incómodo, intensificaba la presión sobre ella, tratando de frenar su marcha incesante.

Por un instante, la luna iluminó la escena; una mujer y una sombra se miraron sin verse a los ojos. La pared brilló con rojo intenso y gotas de agua resbalaron en el césped, sin romper la quietud de las fibras bajo sus pies.

La luna, omnisciente testigo, abandonó la escena para no interrumpir más. Dejó a la mujer con un pensamiento añadido al remolino mental. Cuanto más pesado se volvía, mayor velocidad adquiría; más sangre desdibujaba la pared, reinventándola en un rojo invisible para sus ojos.

Solo se escuchaban sus pasos acelerados y murmullos que repetían dos nombres. Su tono variaba con cada mención; sus pasos se hacían rápidos o vacilantes, su voz aumentaba o decrecía sin gritar jamás.

A veces ese sonido se tornaba amargo o lento, casi anhelante, y las sombras ya no lograban descifrar las emociones que los envolvían.

Aunque ignorantes del pasado que rondaba la pared, las sombras no emitieron otro gesto ni movimiento que frenara lo que acontecía, fieles a la filosofía lunar.

La pared, entretanto, se cubría de un lazo rojo denso, un color que terminaba por dominarla casi en su totalidad.

En las manos de la mujer ya no restaba solo piel; se vislumbraban carne y músculos rodeando el hueso. Nunca notó cómo el dolor causado por los picos se volvió herida.

Tampoco advirtió que, en vez de una sola mano, envolvía la pared con ambas. No solo ignoró la señal, sino que tampoco sintió el dolor. Para entonces, el sufrimiento era casi efímero —olvidable—, protegido por una resistencia edificada a su alrededor.

La velocidad aumentó sin permiso, sin mejorar su sensación. Cada paso nutría el remolino mental y desbordaba el rojo que manchaba la pared con su negatividad.

Cada línea impresa en ella portaba el peso de una sonrisa robada por la presión de ser buena esposa, y de una lágrima no vertida por el temor a no ser aceptada. Pintaba la pared no solo con sangre, sino con cicatrices invisibles que no podía ignorar cada vez que se miraba al espejo.

Barnizando la pared con cada pena callada y con aquellas sonrisas inocentes, evanescentes, que no merecían un dolor tan temprano.

El cuerpo inútil, humano, rodeó la pared por última vez… hasta que una lágrima rodó por el ojo de su dueña.

La primera lágrima tras su matrimonio fue débil, mas cayó con fuerza; al golpear el suelo produjo un sonido seco, seguido de un crujido.

El cráneo que contenía la lágrima se abrió y los pensamientos y emociones fluyeron, diluyéndose en la sombra. La pared enrojecida fue iluminada por la luna, que recordó verificar la escena.

Le dieron un vistazo breve a la situación; luego cerraron la distancia entre las sombras y su nueva habitante.

Las lágrimas que nunca dejaron de rodar alcanzaron los ojos a los que se les prohibió llorar. Los brazos descendieron, y las manos depositaron una rosa blanca y un jacinto morado sobre el pecho de la mujer.1

Las lágrimas alimentaron las flores, mientras una mano infantil recorría el cabello ensangrentado, rozando hebras sueltas, materia gris expuesta y fragmentos de pensamiento.

Las manos, sabias para su tamaño, delinearon las grietas mientras recitaban:
—Lamento que este sea el fin. Es duro... es cierto.

Luego acariciaron el recipiente ahora vacío del alma que estaban asimilando.

Al concluir su ritual, se incorporaron y se alejaron.

Dejaron detrás un rastro de pétalos, un hilo invisible uniendo el bosque con la nueva presencia que lo habitaba. Aquellos pétalos marcarían el camino para que esposo e hijo encontraran lo que habían perdido.

     1. Rosa blanca: Paz, perdón, duelo tranquilo.

           Jacinto morado: Pesar, arrepentimiento sincero, dolor, tristeza profunda, duelo por errores del pasado.

0 comments: