La silla del iglú

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Estábamos avanzando como muertos vivientes por entre la espesa nieve. Mis gafas dejaban pasar solo un suave rayo de luz porque el resto de ellas estaba cubierta de aquel blanco monótono. A pesar de eso no podíamos parar ahora, teníamos que encontrar al elegido, lo teníamos que volver a tener con nosotros para protegerlo.


A pesar de la nieve, y el cansancio…, y el hambre…, y… el frío, debíamos seguir, debíamos…, pero el cansancio ya estaba afectando mi cuerpo, tirándolo hacia abajo con fuerza, el hambre me hacía perder la concentración por llevar a mi mente a enfocarse en la sobrevivencia, y el frío, ¿Qué peor enemigo para el que escala si no es el frío?, frío que me tenía temblando todo el cuerpo, más que todo mis rodillas.


Las había estado forzando durante las últimas horas, quizá demasiado, no lo tenía muy claro, pero cedieron de un momento a otro dejando mi cara enterrada en la nieve, cuando mire hacia arriba para continuar arrastrándome a pesar de todo, no sentí a mi compañero, en vez apareció ante mí como un ángel, una pequeña esperanza.


Puse mis manos en la nieve y me arrastré como pude hacia el frente, hacia la entrada de lo que parecía un acogedor iglú, mis dedos se sentían a punto de caerse, mis brazos respondían vagamente; mi cuerpo empezó a sentir calor, sabía que si me demoraba moriría allí, por lo que forcé a mi cuerpo con mis fuerzas restantes hasta que pase por la angosta entrada.

Me senté y pase mis piernas tratando de no derrumbar el preciado refugio, ya dentro de él, mi cuerpo encontró la tranquilidad, se encogió y se hizo un ovillo en la suave nieve que estaba debajo de mí.


Cuando volví a sentir mis dedos, mi estómago rugió fuerte de nuevo, levanté mi cabeza y miré por el pequeño lugar con ansiedad. Ahora que lo veía con más detenimiento era extraño, que este iglú hubiera aparecido en medio de la nada, y más que todo que no tuviera nada más ni nada menos que una silla.


Una silla de madera que se encontraba casi intacta, increíblemente bien conservada para estar en este lugar, sin dueño aparente.


Me quedé mirando con atención a la silla ¿Si comía madera podía pasar esta hambre?, avance gateando hacia la silla, puse mis manos en una pata y la mordí con fuerza.


Sabía a esmalte en vez de a corteza, y ni siquiera podía desgarrar la madera para alimentarme de ella, volví a intentarlo hasta que mis dientes se fueran a caer, cuando volví a ver la silla, la madera no tenía ni siquiera unas marcas de dientes, así de dura debía estar.


Deje eso de lado y me enfoque mejor en calentar a mi persona, debía estar en el mejor estado posible para encontrar a ese debilucho antes de que muriera. Le había pasado lo mismo que a mí, había desaparecido de la vista sin dejar rastros, el pobre de seguro ya estaba muerto, la última vez que le vi estaba peor que yo, y aun así debía por lo menos llevar su cuerpo de vuelta, era mi tarea.


Esos pensamientos me inquietaban, quería salir a buscar de nuevo, pero todavía no me recuperaba por completo, así que di vueltas agachado por todo el iglú, eso no me quitaba la inquietud como debería, así que decidí mejor sentarme en la silla y balancearme, lo que me daba un poco más de paz.


Sin embargo, en cuanto me senté, comencé a marearme, y luego las cosas se empezaron a distorsionar ante mi vista. ¿Así se sentía morir de inanición o de hipotermia?

Qué importaba ya, cerré los ojos, el cansancio me había alcanzado por completo, prefería morir sin saber cuando o como, sin sentir la culpa de haber perdido al elegido. Mi cuerpo se debilitó tanto que me caí de la silla con un duro y sonoro golpe, un golpe contra un suelo, uno de tierra y piedra…


¡Un suelo!


Abrí mis ojos tan rápido como pude, miré a mi alrededor con euforia, ya no sentía frío, frente a mí se elevaba una pequeña aldea que parecía estar en primavera. La silla había desaparecido y en su lugar se encontraba un cartel de mi tamaño que ponía “Wuyuh gunui szoyiu, un oz xenehge uhge giwi oi jfu nuxuhrgeh, xiou oi jfu jfruizh”, abajo del cartel ponía una nota escrita en papel: “Debes tener hambre, en la canasta está todo lo que necesitas, come lo que quieras”

No faltó más que leer la última línea para atragantarme con todo el pan y la fruta que contenía la canasta cuidadosamente colocada ante el poste, mientras trataba de pasar la comida con dificultad pensé para mí mismo ¿Podré encontrar aquí al elegido?

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